Estos son mi madre y mis hermanos: Una invitación a la intimidad divina

En el Evangelio de hoy, martes 27 de enero de 2026, Jesús redefine el concepto de familia. Lejos de rechazar sus lazos de sangre, el Señor abre las puertas de su hogar íntimo a toda la humanidad. Nos plantea una verdad revolucionaria y esperanzadora: la cercanía con Dios no depende de apellidos, herencias o estatus, sino de la escucha y la acción.

La liturgia nos presenta también la alegría desbordante de David danzando ante el Arca, prefigurando ese gozo de estar en presencia del Señor. Hoy descubriremos cómo, en medio de nuestra rutina moderna —entre notificaciones, prisas y responsabilidades—, tenemos la oportunidad real de ser contados entre los íntimos de Jesús. Hacer la voluntad de Dios no es una carga, sino el pasaporte para sentarnos en el «corro» de los amigos de Cristo. Acompáñanos en esta reflexión para redescubrir tu pertenencia a la gran familia del Reino.

La fuerza de la unidad y el don del Espíritu

¿Un reino dividido puede subsistir? En el Evangelio de hoy, Jesús nos enfrenta a la lógica de la unidad frente a la división y nos advierte sobre el peligro de cerrar el corazón a la Gracia. Celebrando a los santos Timoteo y Tito, recordamos que Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza y amor. Una invitación a reavivar el fuego de la fe y a confiar en la victoria del bien sobre el mal.

David perdona la vida a Saúl

Hoy la liturgia nos presenta un contraste fascinante entre la misericordia humana y la elección divina. En la primera lectura, vemos la nobleza de David perdonando la vida al rey Saúl, demostrando que la venganza no es el camino del ungido. En el Evangelio, Jesús sube a la montaña para instituir a los Doce, llamándolos primero para «estar con él» y luego para la misión. Una invitación a recordar que, antes que el hacer, está el ser y la intimidad con el Maestro.

La autoridad que libera: Un lunes para renovar nuestra escucha

Al comenzar la primera semana del Tiempo Ordinario, la liturgia nos sumerge en el misterio de la autoridad de Jesús. No es una autoridad que oprime, sino que restaura y libera. A través del llamado de Samuel y el inicio del ministerio de Jesús en Cafarnaúm, descubrimos que Dios nos busca para entablar un diálogo de amor. ¿Estamos listos para responder «Habla, Señor, que tu siervo escucha»? Un análisis sobre el poder de la Palabra que transforma nuestra realidad cotidiana.

Perder el miedo para amar de verdad: Jesús camina sobre nuestras tormentas

El Evangelio de hoy nos traslada a la fragilidad de una barca en medio de la noche. Los discípulos, agotados de remar contra un viento contrario, experimentan el miedo ante lo desconocido cuando ven a Jesús caminar sobre las aguas. «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo», les dice el Señor. Esta escena es un reflejo de nuestras propias luchas diarias: esos momentos donde el cansancio y la incertidumbre nos hacen ver «fantasmas» donde en realidad está Dios. La primera lectura nos da la clave para entender este misterio: el amor perfecto expulsa el temor. Si Dios es amor y permanece en nosotros, no hay tormenta que pueda hundir nuestra confianza. ¿Qué vientos contrarios te impiden hoy reconocer la presencia de Jesús en tu vida?

Multiplicar el amor: La compasión que sacia todas nuestras hambres

El Evangelio de hoy nos presenta a un Jesús profundamente conmovido por la multitud que lo busca, viéndolos como ovejas sin pastor. Ante la sugerencia de los discípulos de despedir a la gente para que busquen alimento, Jesús lanza un desafío radical: «Dadles vosotros de comer». Este relato no es solo un prodigio de multiplicación material, sino una lección sobre la generosidad y la compasión. Jesús nos enseña que, cuando ponemos lo poco que tenemos —nuestros «cinco panes y dos peces»— al servicio del prójimo y bajo la bendición de Dios, lo escaso se vuelve abundante. ¿Qué pequeños gestos de amor estamos dispuestos a entregar hoy para saciar el hambre de esperanza de quienes nos rodean?

Miércoles después de la Epifanía del Señor

En pleno tiempo de Epifanía, el Señor sigue “apareciendo”… pero no siempre como lo imaginamos. A veces se manifiesta en lo más cotidiano: en el cansancio, en la lucha, en ese momento en que sientes que estás remando y que no avanzas.

El Evangelio de hoy nos coloca en una escena nocturna: los discípulos en la barca, el viento en contra y el corazón encogido. Y entonces sucede lo inesperado: Jesús se acerca caminando sobre el mar. Ellos no lo reconocen; el miedo les hace confundir la presencia de Dios con una amenaza. ¿Cuántas veces nos pasa lo mismo?

Pero el Señor no se queda lejos ni callado. Su palabra corta la oscuridad: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». No promete una vida sin tormentas; promete algo mayor: su presencia real en medio de ellas.

La primera lectura nos regala la clave: Dios es amor, y el amor verdadero expulsa el temor. Hoy, esta Palabra es una invitación clara: deja que Jesús suba a tu barca, vuelve a confiar, y permite que su paz calme lo que te agita por dentro.

Ven y verás: el encuentro que transforma la mirada

**Seguimos caminando en el tiempo de Navidad, un periodo que no solo celebra un acontecimiento pasado, sino una realidad viva: Dios sigue saliendo al encuentro del ser humano. En este día, la Palabra nos invita a profundizar en la identidad cristiana como hijos de Dios, a reconocer la voz auténtica del Espíritu en medio de tantas voces y a descubrir cómo Jesús continúa llamándonos por nuestro nombre.

Las lecturas de hoy nos hablan de confianza, discernimiento y llamada. La primera carta de Juan nos recuerda que vivir según el amor de Dios nos da libertad interior y nos permite presentarnos ante Él con un corazón sincero. El salmo proclama la realeza del Señor sobre toda la tierra, mientras que el Evangelio nos muestra un encuentro decisivo: Jesús ve, conoce y llama, incluso antes de que nosotros sepamos quiénes somos del todo.

Este Evangelio es una invitación directa y actual: dejarnos mirar por Cristo, aceptar que nos conoce en profundidad y atrevernos a seguirle sin máscaras. Porque quien se encuentra con Él, descubre que su vida ya no vuelve a ser la misma.

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Epifanía del Señor: la luz que guía a quien busca de corazón

La Epifanía del Señor nos invita a contemplar un misterio profundamente humano y divino a la vez: Dios que se deja encontrar por quienes lo buscan con corazón sincero. Los Magos, extranjeros y sabios, representan a toda la humanidad en camino, guiada por una luz que no domina, pero orienta; que no impone, pero atrae. En este domingo, la Palabra nos recuerda que la fe no es posesión de unos pocos, sino don ofrecido a todos, sin fronteras ni privilegios.

La liturgia de hoy habla de luz, de promesa cumplida y de esperanza abierta. Isaías proclama una Jerusalén iluminada por la gloria de Dios; san Pablo nos recuerda que el plan de salvación es universal; y el Evangelio nos presenta a unos hombres que, sin pertenecer al pueblo elegido, reconocen al Rey verdadero y se postran ante Él.

En un mundo marcado por la prisa, el ruido y la autosuficiencia, la Epifanía nos propone otro camino: el de la búsqueda paciente, la adoración sincera y la capacidad de cambiar de rumbo cuando nos encontramos con Dios. Hoy no solo celebramos que Cristo se manifiesta, sino que también nosotros somos llamados a dejarnos iluminar y a convertirnos en luz para los demás.

Miren, el Cordero de Dios: comenzar el año señalando a Jesús

El Evangelio de hoy nos pone ante una frase decisiva: “Miren, el Cordero de Dios”. Juan Bautista no ofrece teorías, sino que señala a Jesús y revela su misión: quitar el pecado del mundo. En estos días de Navidad, la Iglesia nos recuerda que Dios no solo viene a acompañarnos; viene a sanar lo más profundo. Jesús carga con lo que nos rompe por dentro y abre un camino nuevo para vivir en libertad.

Juan también nos enseña el estilo del verdadero discípulo: no busca protagonismo, sino que da testimonio. En una cultura donde todo empuja a la autopromoción, este pasaje invita a volver a lo esencial: mirar a Cristo, reconocer lo que necesitamos que Él transforme y aprender a señalarlo con la vida. Comenzar el año así cambia la perspectiva: menos apariencia, más verdad; menos “yo”, más “Él”.

La propuesta es sencilla y concreta: dedicar un momento diario a mirar a Jesús, ponerle nombre a lo que pesa (culpas, rencores, miedos) y dar un testimonio real con gestos de paz, perdón y servicio. El Cordero de Dios sigue quitando el pecado del mundo, también hoy.