Miércoles después de la Epifanía del Señor

En pleno tiempo de Epifanía, el Señor sigue “apareciendo”… pero no siempre como lo imaginamos. A veces se manifiesta en lo más cotidiano: en el cansancio, en la lucha, en ese momento en que sientes que estás remando y que no avanzas.

El Evangelio de hoy nos coloca en una escena nocturna: los discípulos en la barca, el viento en contra y el corazón encogido. Y entonces sucede lo inesperado: Jesús se acerca caminando sobre el mar. Ellos no lo reconocen; el miedo les hace confundir la presencia de Dios con una amenaza. ¿Cuántas veces nos pasa lo mismo?

Pero el Señor no se queda lejos ni callado. Su palabra corta la oscuridad: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». No promete una vida sin tormentas; promete algo mayor: su presencia real en medio de ellas.

La primera lectura nos regala la clave: Dios es amor, y el amor verdadero expulsa el temor. Hoy, esta Palabra es una invitación clara: deja que Jesús suba a tu barca, vuelve a confiar, y permite que su paz calme lo que te agita por dentro.


Primera Lectura

1 Juan 4, 11-18

Queridos hermanos:
Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca; pero, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo.
Quien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios.

Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
En esto ha llegado el amor a su plenitud en nosotros: en que tengamos plena confianza en el día del juicio, pues, como él es, así somos nosotros en este mundo.
En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto expulsa el temor.
Fuente: Biblia CEE 2010


Salmo Responsorial

Salmo 71 (72)

Antífona:
Que todos los pueblos te alaben, Señor.

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Que se postren ante él los reyes de Tarsis y de las islas,
y le traigan tributo los reyes de Sabá y de Arabia;
que se inclinen ante él todos los reyes,
y le sirvan todos los pueblos.
Fuente: Biblia CEE 2010


Santo Evangelio

Marcos 6, 45-52

Después de haberse saciado la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la gente.
Después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.

Llegada la noche, la barca estaba en medio del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viendo que remaban con fatiga, porque el viento les era contrario, hacia la madrugada fue hacia ellos andando sobre el mar. Intentó pasarlos de largo, pero ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y se habían asustado.

Pero él habló enseguida con ellos y les dijo:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Subió entonces a la barca con ellos y el viento se calmó. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían entendido lo de los panes, porque su corazón estaba embotado.
Fuente: Biblia CEE 2010


Reflexión para hoy, miércoles 07 de enero 2026

El Evangelio de hoy es profundamente humano y, al mismo tiempo, profundamente revelador. Los discípulos obedecen a Jesús y, aun así, se encuentran luchando contra el viento. Esto nos recuerda algo esencial: seguir a Cristo no nos libra de las dificultades, pero sí nos asegura su presencia.

Jesús no está en la barca desde el inicio. Está orando, aparentemente lejos. Sin embargo, ve el esfuerzo de los suyos. Hay una mirada de Dios que nunca se apaga, incluso cuando nosotros sentimos que remamos solos. Y cuando la noche es más densa, cuando el cansancio pesa y el miedo aparece, Jesús se acerca… de una forma inesperada.

Los discípulos no lo reconocen. El miedo les hace confundir la salvación con una amenaza. Esto nos pasa muchas veces: Dios se acerca, pero nuestros temores nos impiden verlo. Por eso las palabras de Jesús son tan importantes: «Soy yo, no tengáis miedo». No es un reproche, es una revelación.

La primera lectura nos da la clave: Dios es amor. Y donde hay amor verdadero, el miedo pierde su fuerza. No desaparecen los problemas de golpe, pero el corazón se serena. El viento se calma cuando Jesús sube a la barca, es decir, cuando le dejamos entrar de verdad en nuestra vida.

Hoy se nos invita a revisar nuestras tormentas interiores y a preguntarnos: ¿dejo que el miedo mande o confío en la presencia del Señor? La Epifanía continúa cuando reconocemos a Jesús en medio de nuestras noches.

Oración final:
Señor Jesús, cuando el viento me es contrario y la noche me asusta, ayúdame a reconocerte. Entra en mi barca, calma mis miedos y enséñame a confiar en tu amor. Amén.


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