La fuerza de la unidad y el don del Espíritu

¿Un reino dividido puede subsistir? En el Evangelio de hoy, Jesús nos enfrenta a la lógica de la unidad frente a la división y nos advierte sobre el peligro de cerrar el corazón a la Gracia. Celebrando a los santos Timoteo y Tito, recordamos que Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza y amor. Una invitación a reavivar el fuego de la fe y a confiar en la victoria del bien sobre el mal.


Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo

Lecturas: 2 Timoteo 1, 1-8 | Salmo 95 | Marcos 3, 22-30

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, conforme a la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura, como lo aprendí de mis antepasados. Te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte para llenarme de alegría, pues evoco el recuerdo de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loida y tu madre Eunice, y que estoy seguro que también tienes tú.

Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Porque Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza. No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios.


Salmo Responsorial

Salmo 95

R/. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. R/.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. R/.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor. R/.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente». R/.


Santo Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos

Marcos 3, 22-30

En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre fuerte para saquear sus bienes, si antes no lo ata; entonces podrá saquear la casa.

En verdad os digo que todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.


Reflexión para hoy

La liturgia de hoy nos regala un contraste maravilloso. Por un lado, celebramos a Timoteo y Tito, compañeros fieles de Pablo, a quienes el apóstol anima a reavivar el don de Dios y a no tener espíritu de cobardía. Por otro, en el Evangelio de Marcos, vemos a los escribas cerrados en banda, incapaces de reconocer el bien, acusando a Jesús de actuar con el poder del mal.

La lógica de la unidad frente a la división

Jesús utiliza una imagen muy potente para nuestra vida moderna: «Una casa dividida no puede subsistir». ¿Cuántas veces nuestras propias divisiones internas, nuestras incoherencias o los conflictos en nuestras familias y comunidades nos debilitan? El mal busca separar, fragmentar y sembrar sospecha. El Espíritu de Dios, en cambio, busca unir, sanar y fortalecer. Cuando trabajamos por la unidad en nuestro entorno, estamos actuando con la fuerza de Dios. No se trata de uniformidad, sino de comunión en el amor.

El peligro de la ceguera espiritual

La advertencia sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo puede sonar dura, pero en el fondo es una llamada de atención llena de amor. El único pecado que no puede perdonarse es aquel que no quiere ser perdonado; es la actitud de quien ve la luz y la llama oscuridad, de quien ve el amor y lo llama interés. Dios siempre tiene la mano extendida, pero necesita que nosotros abramos la puerta. Hoy, el reto es mirar la realidad con ojos limpios, reconociendo la acción de Dios en los pequeños gestos cotidianos y no dejando que el cinismo nos endurezca el corazón.

Oración final Señor, danos un espíritu de fortaleza para vencer la cobardía y la división. Que sepamos reconocer tu paso en nuestras vidas y que, como Timoteo y Tito, seamos valientes para construir unidad allí donde estemos. Amén.

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