Al comenzar la primera semana del Tiempo Ordinario, la liturgia nos sumerge en el misterio de la autoridad de Jesús. No es una autoridad que oprime, sino que restaura y libera. A través del llamado de Samuel y el inicio del ministerio de Jesús en Cafarnaúm, descubrimos que Dios nos busca para entablar un diálogo de amor. ¿Estamos listos para responder «Habla, Señor, que tu siervo escucha»? Un análisis sobre el poder de la Palabra que transforma nuestra realidad cotidiana.
Evangelio del día 12 de enero de 2026
Primera Lectura
Habla, Señor, que tu siervo escucha
1 Samuel 1, 9-20 / 3, 1-10
En aquellos días, Ana se levantó después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del templo del Señor. Ella, con el alma llena de amargura, oraba al Señor llorando desconsoladamente e hizo este voto: «¡Señor de los ejércitos! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí, dándome un hijo varón, yo lo entregaré al Señor por todos los días de su vida».
Pasado el tiempo, Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo: «Se lo he pedido al Señor».
Años después, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí. Un día, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el arca de Dios. El Señor llamó: «¡Samuel, Samuel!». Él respondió: «Aquí estoy». Fue corriendo a donde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí respondió: «Yo no te he llamado; vuelve a acostarte».
Esto se repitió tres veces. Entonces Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al joven y le dijo: «Si te llaman de nuevo, di: «Habla, Señor, que tu siervo escucha»». El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: «¡Samuel, Samuel!». Y Samuel respondió: «Habla, que tu siervo escucha».
Salmo Responsorial
Salmo 39
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Yo esperaba en el Señor con ansia, él se inclinó y escuchó mi grito. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. R.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has abierto el oído; no pides holocaustos ni sacrificios por el pecado, entonces yo digo: «Aquí estoy». R.
En el libro está escrito de mí: «Hacer tu voluntad, Dios mío, es mi deseo, tu ley está en lo profundo de mi corazón». R.
Santo Evangelio
Jesús enseña con autoridad y cura a un poseído
Marcos 1, 21-28
En la ciudad de Cafarnaúm, el sábado entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Había precisamente en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús le increpó: «¡Cállate y sal de él!». El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se quedaron tan estupefactos que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen». Su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.
Reflexión para hoy
Hoy iniciamos el Tiempo Ordinario, un tiempo para caminar junto a Jesús en la cotidianeidad, y la Palabra nos regala una lección fundamental: la autoridad de Dios es siempre para la vida. Mientras que en el mundo la autoridad se suele asociar al control o a la jerarquía rígida, en Jesús vemos una autoridad que asombra porque cura, libera y devuelve la dignidad.
El pasaje de Samuel nos enseña la importancia de la disponibilidad. En medio del silencio de la noche, Dios llama. Samuel necesita un guía (Elí) para aprender a distinguir la voz del Señor de los ruidos cotidianos. En nuestra vida moderna, saturada de notificaciones, ruidos y opiniones constantes, el desafío es generar espacios de silencio para poder decir con sinceridad: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». ¿A qué nos está llamando Dios hoy? Quizás no a grandes hazañas, sino a una escucha más atenta en nuestra propia casa o trabajo.
En el Evangelio, Jesús entra en la sinagoga y rompe los esquemas. Su autoridad no viene de un título académico, sino de la coherencia absoluta entre lo que dice y lo que hace. Su Palabra tiene el poder de expulsar aquello que nos encadena —nuestros miedos, egoísmos o «espíritus» de tristeza—. La autoridad de Cristo no pide permiso al mal; lo expulsa para que el ser humano sea libre.
Aplicación práctica: Hoy, cuando te sientas abrumado por una situación que parece tener «autoridad» sobre tu paz mental, recuerda que la Palabra de Jesús es más fuerte. Dedica cinco minutos a leer el Evangelio en silencio, permitiendo que su autoridad ordene tu caos interior.
Señor Jesús, concédeme un oído atento como el de Samuel y un corazón valiente para reconocer tu autoridad en mi vida. Expulsa de mí todo aquello que me impide amar con libertad y enséñame a caminar este nuevo tiempo con la confianza de que tu Palabra tiene el poder de renovarlo todo.
Amén.