Miren, el Cordero de Dios: comenzar el año señalando a Jesús

El Evangelio de hoy nos pone ante una frase decisiva: “Miren, el Cordero de Dios”. Juan Bautista no ofrece teorías, sino que señala a Jesús y revela su misión: quitar el pecado del mundo. En estos días de Navidad, la Iglesia nos recuerda que Dios no solo viene a acompañarnos; viene a sanar lo más profundo. Jesús carga con lo que nos rompe por dentro y abre un camino nuevo para vivir en libertad.

Juan también nos enseña el estilo del verdadero discípulo: no busca protagonismo, sino que da testimonio. En una cultura donde todo empuja a la autopromoción, este pasaje invita a volver a lo esencial: mirar a Cristo, reconocer lo que necesitamos que Él transforme y aprender a señalarlo con la vida. Comenzar el año así cambia la perspectiva: menos apariencia, más verdad; menos “yo”, más “Él”.

La propuesta es sencilla y concreta: dedicar un momento diario a mirar a Jesús, ponerle nombre a lo que pesa (culpas, rencores, miedos) y dar un testimonio real con gestos de paz, perdón y servicio. El Cordero de Dios sigue quitando el pecado del mundo, también hoy.

En medio de ustedes hay Uno que no conocen

Hoy la Palabra nos regala una clave para comenzar el año con el corazón centrado: permanecer en Cristo y aprender la humildad de Juan el Bautista. En la primera lectura (1 Jn 2, 22-28), san Juan nos advierte contra el engaño y nos invita a guardar lo que hemos recibido “desde el principio”: la fe viva en Jesús, el Hijo, y la certeza de su promesa, la vida eterna. El salmo nos hace cantar con alegría porque la salvación de Dios no es un rumor lejano: “los confines de la tierra han contemplado” su victoria. Y el Evangelio (Jn 1, 19-28) nos muestra a Juan respondiendo con claridad: “Yo no soy el Mesías… yo soy la voz…”. Su testimonio nos despierta: Dios está cerca, “en medio de ustedes”, aunque no siempre lo reconozcamos. Esta reflexión nos anima a dejar el protagonismo, a vivir como testigos y a preparar el camino del Señor en lo cotidiano: con una decisión honesta, una palabra de paz, una oración breve pero sincera. Porque cuando Cristo ocupa el centro, todo lo demás encuentra su lugar.

Comenzar el año corriendo a lo esencial

En el inicio del año, el Evangelio nos lleva a Belén: los pastores llegan apresuradamente, encuentran a María, a José y al Niño, y anuncian lo que han visto. En el centro aparece María, que no se impone con palabras, sino con un corazón que guarda y medita. La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos recuerda que Dios quiso entrar en nuestra historia de la forma más cercana: naciendo de una mujer, habitando lo pequeño y lo cotidiano. Para nuestra vida moderna, marcada por metas, prisas y ruido, esta escena es una invitación a comenzar distinto: volver a lo esencial, buscar a Jesús donde suele estar —en lo humilde— y cuidar la interioridad. Guardar en el corazón significa elegir lo que alimenta el alma: menos dispersión, más oración; menos queja, más gratitud; menos control, más confianza. Y al pronunciar su Nombre, Jesús, recordamos que Dios salva también en lo concreto de cada día. Que María nos enseñe a empezar el año con fe sencilla y esperanza.