En las lecturas de hoy, Jesús nos lanza un desafío que define nuestra identidad cristiana: «Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo». No es una sugerencia, es una realidad que emana de nuestra unión con Él. Pero esta luz no brilla por palabras vacías, sino que, como nos recuerda Isaías, surge de la justicia, de compartir el pan con el hambriento y hospedar al pobre. Una invitación a dar sabor a la vida y a iluminar las oscuridades de nuestro tiempo a través de la caridad verdadera.
Evangelio del día 08 de febrero de 2026
Primera Lectura
Surgirá tu luz como la aurora si compartes tu pan
Isaías 58, 7-10
Esto dice el Señor: «Comparte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá; lo llamarás y él te dirá: “Aquí estoy”. Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad será como el mediodía».
Salmo Responsorial
Salmo 111, 4-5. 6-7. 8a y 9
R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.
En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. R.
Porque jamás vacilará. El recuerdo del justo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. R.
Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre, y alzará la frente con dignidad. R.
Santo Evangelio
Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo
Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: — «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Reflexión para hoy
Hoy la Liturgia de la Palabra nos regala una de las definiciones más hermosas y exigentes de lo que significa seguir a Cristo. Jesús no nos dice «intentad ser» o «sería bueno que fuerais», sino que afirma con autoridad: «Vosotros sois la sal y la luz». Esta identidad no es un mérito propio, sino un don que recibimos para ser entregado. La sal sirve para dar sabor y para preservar; la luz, para guiar y ahuyentar el miedo. Un cristiano que no impacta en su entorno es como esa sal que ha perdido su esencia.
Sin embargo, para no caer en un espiritualismo vacío, la primera lectura de Isaías nos pone los pies en la tierra. ¿Cómo se enciende esa luz? No con ritos externos, sino con la justicia social y la misericordia. La luz brilla cuando compartimos el pan, cuando dejamos de señalar con el dedo acusador y cuando acogemos al que no tiene techo. Nuestra «luz» son nuestras «buenas obras». No brillamos para que nos aplaudan a nosotros, sino para que los demás, al ver ese amor en acción, puedan reconocer que Dios es Padre y darle gloria.
En el mundo actual, a menudo marcado por el «sinsentido» (falta de sabor) y el pesimismo (oscuridad), el laico comprometido está llamado a ser ese «punto de luz». No necesitamos hacer cosas extraordinarias; basta con administrar nuestros asuntos con rectitud, ser clementes en el trato diario y no desentendernos del dolor ajeno. Ser luz es, en definitiva, una cuestión de amor coherente.
Señor Jesús, gracias por confiar en nosotros para ser tu presencia en el mundo. No permitas que nos volvamos insípidos por el egoísmo ni que ocultemos nuestra fe por miedo al qué dirán. Ayúdanos a que nuestra luz brille a través de la sencillez de nuestras manos abiertas y nuestro corazón compasivo, para que el mundo te encuentre a Ti en nuestras obras.
Amén.