En el ajetreo de nuestra vida moderna, donde buscamos resultados inmediatos y soluciones mágicas, el Evangelio de hoy nos invita a redescubrir la paciencia del sembrador. A través de la parábola de la semilla que crece por sí sola, Jesús nos recuerda que el Reino de Dios tiene sus propios ritmos, a menudo invisibles a nuestros ojos pero imparables en su fecundidad. No se trata de nuestra eficiencia, sino de la fuerza vital de la Gracia que actúa en el corazón de cada persona y en medio de nuestra historia cotidiana. ¿Estamos dispuestos a soltar el control y confiar en que Dios sigue actuando en el silencio de lo ordinario?
Evangelio del día 30 de enero de 2026
Primera Lectura
David prefiere el castigo de Dios al de los hombres
2 Samuel 24, 2. 9-17
Después de haber hecho el recuento del pueblo, a David le remordió el corazón y dijo al Señor: «He pecado gravemente al hacer esto. Pero ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque he cometido una gran locura». Cuando David se levantó por la mañana, la palabra del Señor llegó al profeta Gad, vidente de David: «Ve y dile a David: “Esto dice el Señor: Te propongo tres cosas; elige una de ellas para que yo la ejecute contra ti”».
Gad se presentó ante David y le comunicó la noticia: «¿Qué prefieres? ¿Tres años de hambre en tu país? ¿Tres meses huyendo de tus enemigos mientras ellos te persiguen? ¿O tres días de peste en tu territorio? Piénsalo y dime qué respuesta debo dar al que me ha enviado». David respondió a Gad: «¡Estoy en un gran aprieto! Prefiero caer en manos del Señor, porque su misericordia es muy grande, antes que caer en manos de los hombres».
Entonces el Señor envió la peste a Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Bersebá. Cuando el ángel extendió su mano hacia Jerusalén para destruirla, el Señor se arrepintió del castigo y dijo al ángel que exterminaba al pueblo: «¡Basta ya! ¡Retira tu mano!». David, al ver al ángel que hería al pueblo, dijo al Señor: «Soy yo el que ha pecado, yo soy el culpable. ¿Qué han hecho estas ovejas? Que tu mano se descargue contra mí y contra mi familia».
Salmo Responsorial
Salmo 31
R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han perdonado su pecado. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito, y en cuyo espíritu no hay engaño. R.
Había pecado, lo reconocí, no te oculté mi culpa; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me envuelves en cantos de júbilo. Alegraos, justos, y gozad con el Señor, aclamadlo, los de corazón sincero. R.
Santo Evangelio
Marcos 4, 26-34
En aquel tiempo, Jesús decía a la multitud: «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa la semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana, y la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce el fruto: primero la hierba, luego la espiga, después el grano colmado en la espiga. Y cuando el fruto está maduro, inmediatamente se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».
Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿O con qué parábola lo explicaremos? Es como un grano de mostaza: cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en el mundo; pero, una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra». Con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender. No les hablaba sin parábolas; pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
Reflexión para hoy
La liturgia de hoy nos sitúa ante una de las verdades más reconfortantes y, a la vez, más desafiantes de nuestra fe: la soberanía de Dios sobre el tiempo y los procesos. En el Evangelio de Marcos, Jesús nos habla de un sembrador que, tras cumplir con su tarea de esparcir la semilla, simplemente «duerme y se levanta». La semilla crece sin que él sepa cómo.
Esta imagen es una medicina necesaria para nuestra sociedad de la inmediatez. Vivimos obsesionados con los indicadores, con el control de los procesos y con la necesidad de ver frutos instantáneos en nuestros proyectos, en nuestra educación y hasta en nuestra vida espiritual. Sin embargo, el Reino de Dios no sigue la lógica de una cadena de montaje, sino la lógica de la vida orgánica. Existe una fuerza interna en la Palabra de Dios que posee su propio dinamismo. Nuestra responsabilidad es sembrar con generosidad —con nuestras palabras, gestos y coherencia— y luego tener la humildad de dar un paso atrás para dejar que Dios sea Dios.
En el día a día, esto significa aprender a confiar cuando no vemos cambios inmediatos en aquel hijo que nos preocupa, en esa situación laboral estancada o en nuestras propias limitaciones personales. Dios trabaja en el silencio y en la sombra. Incluso la semilla más pequeña, como la de mostaza, tiene el potencial de convertirse en un refugio para otros.
Oración final: Señor, danos la paciencia del sembrador y la confianza del niño. Ayúdanos a trabajar con entrega pero sin ansiedad, sabiendo que Tú eres quien da el crecimiento. Que no nos desanimen los comienzos humildes ni los tiempos de espera, porque sabemos que en tus manos nada se pierde.
Amén.