En la liturgia de hoy, 28 de enero, la Iglesia nos invita a contemplar la parábola del sembrador. A través del Evangelio de San Marcos, descubrimos cómo la Palabra de Dios busca un lugar donde germinar en nuestro ajetreado día a día. ¿Somos tierra fértil o estamos rodeados de espinos que ahogan nuestra fe? Acompáñanos en esta reflexión sobre la esperanza cristiana y la capacidad de dar fruto en medio de las dificultades del mundo moderno. Un mensaje de aliento para el laico de hoy.
Evangelio del día 28 de enero 2026
Primera Lectura
Lectura de la carta a los Hebreos
Hebreos 10, 11-18
Todo sacerdote se presenta cada día para ejercer su ministerio y ofrecer repetidamente los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
Y nos lo atestigua también el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: «Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré», añade: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades». Pues donde hay remisión de estos, no hay más ofrenda por el pecado.
Salmo Responsorial
Salmo 110 (109)
R/. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
Dijo el Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». R/.
El Señor extenderá desde Sión el cetro de tu poder: domina en medio de tus enemigos. R/.
Tuyo es el principado el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; desde el seno de la aurora, como rocío, te engendré. R/.
Santo Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Marcos
Marcos 4, 1-20
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella, sobre el mar, mientras toda la gente se quedaba en tierra, junto a la orilla. Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía:
«¡Escuchad! Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida, porque la tierra no era profunda; pero cuando salió el sol, se quemó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; los espinos crecieron, la sofocaron y no dio fruto. Otra parte cayó en tierra buena; brotó, creció y dio fruto: treinta, sesenta y ciento por uno». Y decía: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
Reflexión para hoy
La parábola del sembrador es, quizás, uno de los espejos más nítidos donde podemos reflejar nuestra vida espiritual actual. Jesús no nos habla de un sembrador descuidado, sino de uno generoso y derrochador, que lanza la semilla (su Palabra) en todas direcciones, sin importar la dureza del suelo. Teológicamente, esto nos recuerda la Gracia Universal: Dios no escatima sus dones; el Reino está disponible para todos, pero requiere de nuestra acogida libre y consciente.
En la vida moderna, los «espinos» tienen nombres muy concretos: el estrés laboral, la dependencia de las notificaciones del móvil, el ruido constante y esa extraña urgencia por ser productivos en todo momento. A veces, nuestra fe se queda en la superficie, como en el terreno pedregoso, porque nos da miedo profundizar en el silencio o en el compromiso real con los demás. Queremos resultados inmediatos, pero el Reino de Dios tiene los tiempos de la naturaleza, no los de una conexión de fibra óptica.
Ser «tierra buena» hoy significa, sencillamente, aprender a pararse. Es abrir un hueco de paz en la agenda para que la Palabra repose, eche raíces y no se evapore ante el primer contratiempo. No se trata de ser perfectos, sino de ser receptivos. Si logramos que un solo mensaje de amor de Jesús cale en nuestro corazón, la cosecha está asegurada, a veces de formas que ni nosotros mismos imaginamos.
Señor, ayúdame a ser tierra fértil en medio de mi mundo acelerado. Limpia mis espinos y ablanda mi dureza para que tu Palabra transforme mi jornada en un fruto de esperanza para quienes me rodean.
Amén.