Viernes 23 de enero de 2026, correspondiente a la Semana II del Tiempo Ordinario (Ciclo par/II).
Hoy la liturgia nos presenta un contraste fascinante entre la misericordia humana y la elección divina. En la primera lectura, vemos la nobleza de David perdonando la vida al rey Saúl, demostrando que la venganza no es el camino del ungido.
En el Evangelio, Jesús sube a la montaña para instituir a los Doce, llamándolos primero para «estar con él» y luego para la misión. Una invitación a recordar que, antes que el hacer, está el ser y la intimidad con el Maestro.
Evangelio del día 23 de Enero de 2026
Primera Lectura
David perdona la vida a Saúl
1 Samuel 24, 3-21
En aquellos días, Saúl tomó tres mil hombres escogidos de todo Israel y marchó en busca de David y su gente, hacia las peñas de los rebecos. Llegó a unos apriscos de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró para hacer sus necesidades.
David y sus hombres estaban sentados en el fondo de la cueva. Los hombres de David le dijeron: Mira, este es el día que te anunció el Señor: «Yo pondré a tu enemigo en tus manos, haz con él lo que quieras».
David se levantó y cortó sigilosamente el borde del manto de Saúl. Pero después le remordió la conciencia por haber cortado el borde del manto de Saúl, y dijo a sus hombres: ¡Líbreme el Señor de hacer tal cosa a mi señor, el ungido del Señor; de alzar mi mano contra él, pues es el ungido del Señor!
Con estas palabras David contuvo a sus hombres y no les permitió abalanzarse sobre Saúl. Saúl se levantó, salió de la cueva y siguió su camino.
David se levantó tras él, salió de la cueva y gritó a espaldas de Saúl: ¡Señor rey!
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra, se postró y dijo a Saúl: ¿Por qué haces caso a la gente que dice que David busca tu ruina? Hoy ven tus propios ojos que el Señor te puso en mis manos en la cueva; me dijeron que te matara, pero te perdoné y dije: «No alzaré la mano contra mi señor, porque es el ungido del Señor». Mira, padre, mira en mi mano el borde de tu manto; si corté el borde del manto y no te maté, comprende y reconoce que no hay en mí traición ni maldad, y que no he pecado contra ti; aunque tú me acechas para quitarme la vida. Que el Señor juzgue entre tú y yo; que el Señor me vengue de ti, pero mi mano no te tocará. Como dice el refrán ancestral: «De los malvados sale la maldad». Pero mi mano no te tocará. ¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga? Que el Señor sea el juez y sentencie entre tú y yo; que él examine y defienda mi causa y me libre de tu mano.
Cuando David terminó de decir estas palabras a Saúl, dijo Saúl: ¿Es esa tu voz, hijo mío David?
Y Saúl alzó la voz y lloró. Y dijo a David: Eres más justo que yo, pues tú me has pagado con bienes y yo te he pagado con males. Hoy has demostrado tu bondad conmigo, pues el Señor me entregó en tus manos y no me mataste. ¿Quién encuentra a su enemigo y lo deja seguir su camino en paz? Que el Señor te pague con bienes lo que has hecho hoy por mí. Ahora sé con certeza que reinarás y que el reino de Israel se consolidará en tu mano.
Salmo Responsorial
Salmo 56, 2. 3-4. 6 y 11
Piedad, Dios mío, piedad.
Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad.
Invoco al Dios altísimo, al Dios que hace tanto por mí. Desde el cielo me enviará la salvación, confundirá a los que ansían matarme. Enviará Dios su gracia y su lealtad.
Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria. Porque tu misericordia alcanza hasta el cielo, y tu fidelidad hasta las nubes.
Santo Evangelio
Jesús instituye a los Doce
Marcos 3, 13-19
En aquel tiempo, Jesús subió a la montaña, llamó a los que él quiso y se fueron con él. Instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder para expulsar a los demonios.
Estos son los doce que instituyó: Simón, a quien puso el nombre de Pedro; Santiago el de Zebedeo y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que lo entregó.
Reflexión para hoy viernes 23 de enero 2026
El Evangelio de hoy nos sitúa en un escenario clave: la montaña. En la tradición bíblica, la montaña es el lugar del encuentro con Dios, de la revelación y de las grandes decisiones. Jesús no elige a sus apóstoles en medio del bullicio del mercado o la prisa del camino, sino que sube a la altura, creando un espacio de discernimiento y solemnidad.
Hay una frase en el texto de Marcos que es, sencillamente, sobrecogedora: «Llamó a los que él quiso». La vocación, ya sea al sacerdocio, al matrimonio o a la vida laical comprometida, nunca es una conquista nuestra por méritos propios. No presentamos un currículum espiritual para ser aceptados. Es iniciativa pura y gratuita de su Amor. Él nos quiere, con nuestras virtudes y, sorprendentemente, con nuestros defectos. Si miramos la lista de los Doce, vemos un grupo heterogéneo: pescadores impulsivos, celotes revolucionarios, recaudadores de impuestos… y hasta quien lo traicionaría. Jesús no busca la perfección previa, sino la disponibilidad del corazón.
El texto nos regala además el secreto de toda vida cristiana fructífera: «Para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar». A menudo, en nuestra vida moderna llena de activismo, invertimos el orden o anulamos la primera parte. Queremos «hacer cosas por Dios» sin «estar con Dios». Nos lanzamos a la misión, al trabajo, a la ayuda social, pero vacíos por dentro.
Hoy es un día para frenar y preguntarnos: ¿Estoy dedicando tiempo a estar con Él? La eficacia de nuestra predicación (nuestro ejemplo de vida) depende directamente de la calidad de nuestra intimidad con el Maestro. No podemos dar lo que no tenemos. Antes de la acción, viene la contemplación; antes de hablar de Dios, hay que hablar con Dios.
Oración final: Señor Jesús, gracias por llamarme por mi nombre, a pesar de mis fragilidades. Ayúdame a subir a la montaña de la oración cada día. Que no me pierda en el activismo vacío; enséñame a «estar contigo» para que, lleno de tu presencia, pueda ser luz para los demás.
Amén.