La fuerza de la fe que restaura y levanta

En el Evangelio de hoy, somos testigos de dos encuentros profundos con la Misericordia divina. Una mujer que, tras años de sufrimiento y aislamiento, encuentra la sanación al tocar con fe el manto de Jesús, y un padre desesperado que ve cómo la vida de su hija es restaurada. Estas historias nos invitan a reflexionar sobre cómo nuestra confianza absoluta en el Señor puede transformar nuestras heridas en fuentes de vida nueva y esperanza.


Evangelio del día 03.02.26

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de Samuel

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3

En aquellos días, Absalón se encontró accidentalmente con los servidores de David. Iba montado en un mulo y, al pasar por debajo de una gran encina, se le enganchó la cabeza en las ramas; quedó suspendido entre el cielo y la tierra, mientras el mulo seguía adelante. Al verlo, un hombre avisó a Joab: «He visto a Absalón colgado de una encina». Joab tomó tres dardos y los clavó en el corazón de Absalón.

David estaba sentado entre las dos puertas de la ciudad. El centinela subió a la terraza de la puerta y, alzando la vista, vio a un hombre que corría solo. El centinela gritó para avisar al rey. Al poco tiempo llegó un mensajero cusita y dijo: «¡Buenas noticias para mi señor el rey! El Señor te ha hecho justicia hoy librándote de todos los que se rebelaron contra ti». El rey preguntó: «¿Está bien el joven Absalón?». El cusita respondió: «Que acaben como ese joven todos los enemigos de mi señor».

Entonces el rey se estremeció, subió a la habitación de la puerta y se puso a llorar. Decía mientras subía: «¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!». Informaron a Joab: «El rey está llorando y haciendo duelo por Absalón». Y la victoria de aquel día se convirtió en luto para todo el ejército.


Salmo Responsorial

Salmo 85

R/. Inclina tu oído, Señor, y escúchame.

Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R/.

Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R/.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. R/.


Santo Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos

Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús cruzó de nuevo en barca a la otra orilla, se reunió mucha gente a su alrededor y él se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, llamado Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesús se fue con él; lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado toda su fortuna, pero, en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás entre la gente, le tocó el manto, diciendo: «Con solo tocar su manto, curaré». Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió a la gente y preguntó: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»». Él seguía mirando alrededor para ver a la que lo había hecho. La mujer, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?». Jesús alcanzó a oír lo que decían y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No dejó que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué alboroto y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él. Él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitá kum» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar (tenía doce años). Y se quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Les insistió mucho en que nadie se enterase y les dijo que dieran de comer a la niña.


Reflexión para hoy

El pasaje de hoy es un retrato conmovedor de la ternura de Dios frente a la fragilidad humana. Marcos nos presenta dos historias cruzadas por el dolor, pero unidas por una fuerza invisible y poderosa: la fe. Por un lado, una mujer excluida por su enfermedad; por otro, un padre desesperado ante la pérdida de su hija. En ambos casos, el punto de inflexión no es el esfuerzo humano —la mujer ya había agotado sus recursos y Jairo nada podía hacer contra la muerte— sino el encuentro personal con Jesús.

La fe que toca el corazón Lo que distingue a la mujer de la multitud que «apretujaba» a Jesús es su intención. Mientras muchos estaban cerca de Él por curiosidad o inercia, ella lo buscó con la convicción de que su vida dependía de ese contacto. En nuestra vida moderna, a menudo estamos «cerca» de lo sagrado: asistimos a celebraciones, cumplimos ritos o nos decimos creyentes. Sin embargo, el reto hoy es pasar de apretujar a Jesús a tocarlo. Tocarlo significa llevar nuestras heridas reales —nuestras soledades, adicciones o crisis— ante Él, confiando en que su fuerza sigue disponible para restaurarnos.

«No temas, basta que tengas fe» Esta invitación de Jesús a Jairo resuena con fuerza en un mundo lleno de incertidumbre. Cuando las noticias nos dicen que «ya no hay nada que hacer», el Maestro nos pide mantener la confianza. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la certeza de que Dios tiene la última palabra sobre el dolor y la muerte. Como la niña que se levanta por el mandato del «Talitá kum», nosotros también estamos llamados a levantarnos de nuestras parálisis cotidianas para volver a caminar con dignidad.

Señor Jesús, danos una fe audaz como la de la mujer y perseverante como la de Jairo. Que sepamos acercarnos a ti sin miedo a nuestra propia debilidad, confiando en que tu mano siempre está lista para levantarnos y tu voz para darnos la paz.
Amén.

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Santoral de hoy · 19 de Febrero

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Eremita franciscano. Tras causar un incendio accidentalmente, dio su fortuna a los pobres y se retiró al desierto.

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