La Luz de las Naciones entra en el Templo

En este 2 de febrero, celebramos la Presentación del Señor, una fiesta que marca el encuentro de la tradición con la Promesa cumplida. El relato nos transporta a un momento de profunda humildad y esperanza, donde unos padres sencillos presentan al Salvador, y la fe de los ancianos Simeón y Ana reconoce en un niño la Luz del mundo. Es una invitación a redescubrir la presencia de Dios en lo cotidiano y a dejarnos iluminar por su gracia transformadora.

Comenzar el año corriendo a lo esencial

En el inicio del año, el Evangelio nos lleva a Belén: los pastores llegan apresuradamente, encuentran a María, a José y al Niño, y anuncian lo que han visto. En el centro aparece María, que no se impone con palabras, sino con un corazón que guarda y medita. La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos recuerda que Dios quiso entrar en nuestra historia de la forma más cercana: naciendo de una mujer, habitando lo pequeño y lo cotidiano. Para nuestra vida moderna, marcada por metas, prisas y ruido, esta escena es una invitación a comenzar distinto: volver a lo esencial, buscar a Jesús donde suele estar —en lo humilde— y cuidar la interioridad. Guardar en el corazón significa elegir lo que alimenta el alma: menos dispersión, más oración; menos queja, más gratitud; menos control, más confianza. Y al pronunciar su Nombre, Jesús, recordamos que Dios salva también en lo concreto de cada día. Que María nos enseñe a empezar el año con fe sencilla y esperanza.