A menudo nos perdemos en las preocupaciones materiales —el trabajo, las cuentas, lo que nos falta— y olvidamos que el Reino de Dios opera con una lógica distinta. En el Evangelio de hoy, vemos a unos discípulos angustiados por haber olvidado el pan físico, mientras Jesús intenta advertirles sobre un peligro mucho mayor: la levadura de la hipocresía. Esta reflexión nos invita a examinar qué influencias estamos dejando crecer en nuestro interior y cómo la confianza en la providencia es el único antídoto contra la ceguera del corazón que nos impide ver los milagros que ya han ocurrido en nuestra vida.
Evangelio del día 17 de febrero de 2026
Primera Lectura
La corona de la vida para quien supera la prueba
Santiago 1, 12-18
Dichoso el hombre que aguanta la prueba, porque, una vez superada, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.
Nadie diga, cuando es tentado: «Dios me tienta»; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie. Cada uno es tentado por su propio deseo, que lo arrastra y lo seduce; después, el deseo, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.
No se engañen, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en quien no hay fases ni periodos de sombra. Por su propia voluntad, Él nos engendró mediante la palabra de la verdad, para que seamos como las primicias de sus criaturas.
Salmo Responsorial
Salmo 93
R. Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor.
Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor, al que enseñas tu ley, dándole descanso en los días de desgracia. R.
Porque el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona su heredad; el juicio volverá a la justicia, y la seguirán todos los rectos de corazón. R.
Cuando yo decía: «Mis pies resbalan», tu misericordia, Señor, me sostenía; cuando las preocupaciones se multiplicaban en mi corazón, tus consuelos me llenaban de alegría. R.
Santo Evangelio
Marcos 8, 14-21
En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hizo esta advertencia: «Abran los ojos y cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes».
Ellos comentaban entre sí que no tenían pan. Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿Por qué comentan que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen el corazón endurecido? ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos llenos de sobras recogieron cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil?».
Ellos contestaron: «Doce».
«¿Y cuántas canastas de sobras recogieron cuando repartí los siete panes entre los cuatro mil?».
Ellos contestaron: «Siete».
Él les dijo: «¿Y todavía no acaban de comprender?».
Reflexión para hoy
El Evangelio de hoy nos sitúa en una barca, símbolo de nuestra propia existencia y de la Iglesia. Los discípulos están agobiados por un olvido logístico: no tienen pan. Es una situación muy humana: nos ahogamos en un vaso de agua por problemas cotidianos mientras el Maestro de la Vida está sentado a nuestro lado.
Jesús aprovecha este momento para darnos una lección de ecología espiritual. Nos advierte sobre la «levadura». En la Biblia, la levadura simboliza una fuerza que, aunque pequeña e invisible, transforma toda la masa. La levadura de los fariseos es la hipocresía y el legalismo; la de Herodes es la ambición de poder y la mundanidad. Ambas endurecen el corazón y nos vuelven sordos a la voz de Dios.
En nuestra vida moderna, estamos expuestos a muchas «levaduras»: el consumismo que nos dice que nunca tenemos suficiente, el pesimismo que nos hace olvidar las bendiciones pasadas o el individualismo que nos ciega ante las necesidades del prójimo. Jesús nos hace preguntas directas: ¿No recuerdan? ¿No entienden? Recordar (volver a pasar por el corazón) los milagros que Dios ya ha hecho en nuestra historia personal es la mejor medicina contra la ansiedad.
Hoy es un buen día para dejar de contar los «panes que nos faltan» y empezar a contar las «canastas que Dios ha llenado» en el pasado. Si Él estuvo ahí ayer, ¿por qué dudamos de que estará hoy?
Señor, purifica mi corazón de toda levadura de amargura o desconfianza. Ayúdame a recordar tus maravillas cuando el miedo al futuro me nuble la vista. Que mi barca sea un lugar de descanso en Ti, sabiendo que Tú eres el único Pan necesario.
Amén.