En un mundo que nos empuja a la verificación constante y al escepticismo, el Evangelio de hoy nos invita a dar un salto de fe. ¿Cuántas veces pedimos a Dios una «señal del cielo» para tomar una decisión o para creer que está a nuestro lado? Jesús, ante la incredulidad de los fariseos, nos recuerda que la mayor señal ya ha sido dada en su presencia y en su Palabra. Esta entrada explora cómo la confianza radical en Dios transforma nuestro estrés cotidiano en una paz profunda, invitándonos a reconocer los milagros diarios que a menudo ignoramos por buscar lo espectacular.
Evangelio del día 16 de febrero de 2026
Primera Lectura
La paciencia en las pruebas y la sabiduría de lo alto
Santiago 1, 1-11
Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión.
Hermanos míos, consideren como un gran gozo el verse rodeados de diversas pruebas, sabiendo que la autenticidad de su fe engendra paciencia. Pero es necesario que la paciencia sea perfecta, para que ustedes sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada.
Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y le será dada. Pero que pida con fe, sin dudar; porque el que duda se parece a las olas del mar, impulsadas y sacudidas por el viento. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.
Que el hermano de condición humilde se gloríe de su exaltación, y el rico, de su humillación, porque pasará como flor de hierba. Sale el sol con su calor ardiente, seca la hierba, su flor cae y su apariencia se marchita; así también se marchitará el rico en sus empresas.
Salmo Responsorial
Salmo 118
R. Venga a mí tu misericordia, Señor, y viviré.
Antes de ser humillado, yo erraba, pero ahora guardo tu promesa. Tú eres bueno y haces el bien; enséñame tus decretos. R.
Me estuvo bien el ser humillado, para que aprenda tus leyes. Más vale para mí la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata. R.
Sé que tus juicios son justos, Señor, y que con razón me has humillado. Que tu amor sea mi consuelo, según la promesa hecha a tu siervo. R.
Santo Evangelio
Marcos 8, 11-13
En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo.
Jesús, lanzando un profundo suspiro, dijo: «¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad les digo: no se le dará ninguna señal a esta generación».
Y, dejándolos, volvió a embarcarse y se fue a la otra orilla.
Reflexión para hoy
El pasaje de hoy nos regala un detalle humano conmovedor: el suspiro de Jesús. No es un suspiro de cansancio físico, sino de tristeza espiritual. Los fariseos, cegados por la necesidad de control, no pueden ver que la «señal» está frente a ellos. Jesús es la señal.
En nuestra vida moderna, caemos a menudo en la «trampa del fariseo». Vivimos hiperconectados, exigiendo datos, evidencias y garantías para todo. Llevamos esa mentalidad a nuestra vida espiritual: «Señor, si haces que este negocio salga bien, creeré», o «Dame una señal clara de qué debo hacer». Sin embargo, la fe no es el resultado de una demostración matemática, sino de un vínculo personal.
La lectura de Santiago nos ofrece la clave práctica: pedir sabiduría. A diferencia de la inteligencia o la astucia, la sabiduría es la capacidad de ver la mano de Dios en lo cotidiano, incluso en las pruebas. El «gozo» del que habla Santiago no es una alegría superficial, sino la paz de quien sabe que su vida está en manos de Alguien que lo ama.
Hoy, el reto es dejar de pedir señales espectaculares y empezar a agradecer las señales discretas: una conversación sanadora, el pan en la mesa, la fuerza para empezar de nuevo. No dejemos que Jesús «se marche a la otra orilla» de nuestro corazón porque estamos demasiado ocupados pidiendo pruebas en lugar de ofreciendo confianza.
Señor, sana mi miopía espiritual. Ayúdame a no pedirte pruebas, sino a reconocerte en los pequeños milagros de mi día a día. Que mi fe no dependa de las circunstancias, sino de tu promesa fiel.
Amén.