La señal que ya camina entre nosotros: Descubrir a Dios en lo cotidiano

En el Evangelio de hoy, nos encontramos con la ceguera espiritual de quienes, teniéndolo todo delante, piden «una señal del cielo». Jesús, con un profundo suspiro, se lamenta de una generación que busca lo extraordinario mientras ignora la presencia viva de Dios en los milagros diarios de la vida. Esta lectura nos invita a limpiar nuestra mirada para reconocer que no necesitamos espectáculos grandiosos para creer; solo un corazón sencillo capaz de ver la mano del Creador en el pan compartido, en la salud recuperada y en la esperanza que resiste.


Evangelio del día 15 de febrero de 2026

Primera Lectura

El juicio sobre la casa de Jeroboán

1 Reyes 14, 1-13

En aquel tiempo, cayó enfermo Abías, hijo de Jeroboán. Entonces Jeroboán dijo a su mujer: «Levántate, disfrázate para que no te reconozcan como mi mujer, y vete a Siló. Allí está el profeta Ajías, el que me anunció que yo sería rey de este pueblo. Toma contigo diez panes, unas tortas y un tarro de miel, y preséntate ante él; él te dirá qué le va a pasar al niño».

La mujer de Jeroboán lo hizo así. Se levantó, fue a Siló y llegó a casa de Ajías. Ajías ya no podía ver, porque sus ojos se habían quedado fijos por la vejez. Pero el Señor le había dicho: «Mira, la mujer de Jeroboán viene a consultarte sobre su hijo, que está enfermo; tú le dirás esto y aquello».

En cuanto Ajías oyó el ruido de sus pasos al entrar por la puerta, dijo: «Entra, mujer de Jeroboán. ¿Por qué te disfrazas? Tengo que darte una noticia muy dura. Ve y dile a Jeroboán: «Así dice el Señor, Dios de Israel: Te levanté de entre el pueblo para hacerte jefe de mi pueblo Israel… pero tú has hecho el mal, más que todos tus predecesores… Por eso, voy a traer la desgracia sobre la casa de Jeroboán»».


Salmo Responsorial

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9

R/. ¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor! No endurezcáis vuestro corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/.

No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras. R/.


Santo Evangelio

¿Por qué esta generación reclama una señal?

Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo.

Jesús, dando un profundo suspiro desde lo íntimo de su ser, dijo: «¿Por qué esta generación reclama una señal? En verdad os digo que no se le dará ninguna señal a esta generación».

Y dejándolos, volvió a embarcarse y se fue a la otra orilla.


Reflexión para hoy

Hay una tristeza muy humana en el «profundo suspiro» de Jesús que nos narra Marcos. Es el suspiro de quien ama y no es comprendido. Los fariseos no buscaban la verdad, buscaban una prueba que encajara en sus esquemas. Querían un Dios que hiciera «trucos» para validar su autoridad, ignorando que la mayor señal estaba frente a ellos: el Amor hecho carne.

La idea teológica central es el rechazo a la fe basada en el espectáculo. Jesús se niega a dar una «señal del cielo» porque la fe verdadera no nace del asombro ante lo mágico, sino de la confianza en la Persona. En la primera lectura, vemos a Jeroboán intentando engañar a Dios con disfraces ante la enfermedad de su hijo; es la religión del interés. El Evangelio, en cambio, nos llama a una religión de la presencia. Dios no es un mago a domicilio; es el compañero de camino que ya está actuando, aunque no haya fuegos artificiales.

En nuestra vida moderna, caemos a menudo en la trampa de los fariseos. Decimos: «Si Dios me concede este favor, creeré», o «Si viera un milagro evidente, cambiaría mi vida». Vivimos pidiendo señales externas mientras nuestro corazón está sordo a las señales internas: la paz tras el perdón, la fuerza en la dificultad o la belleza de la creación. La señal ya ha sido dada: es Cristo mismo. El reto hoy es cruzar a la «otra orilla» con Jesús, dejando atrás la necesidad de pruebas y abrazando la aventura de la confianza ciega.

Señor, perdona las veces que he condicionado mi fe a tus favores. Limpia mis ojos para que deje de buscar señales en las nubes y empiece a verte en el rostro de mis hermanos y en los detalles sencillos de mi día. Que mi fe no necesite pruebas, porque tu amor ya es mi mayor evidencia.
Amén.

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